Jenny Cabello Palma

Hace 17 años me formé como psicóloga, pero el llamado a comprender el mundo interno del ser humano apareció mucho antes. Desde niña, y probablemente influenciada por mi propia historia de vida, comencé a preguntarme cómo nuestras experiencias tempranas, especialmente aquellas vividas en la infancia, van moldeando el curso de nuestra vida, la forma en que nos miramos y, más profundamente, la identidad que construimos.
La imagen de nosotros mismos no surge en el vacío; se va configurando en el vínculo con los otros significativos de nuestra historia. Muchas veces es la mirada del otro —sus expectativas, anhelos y proyecciones— la que va delineando quién creemos que somos. En ese proceso, poco a poco, podemos comenzar a alejarnos de nuestro propio sentir, de nuestro camino interno como almas, de nuestros verdaderos intereses, motivaciones y propósitos más profundos.
Si a esto sumamos el peso de la cultura y la sociedad, entramos en un engranaje silencioso pero poderoso que nos dicta lo que "debemos" y "no debemos" ser, lo que está bien sentir y lo que no. Se nos exige encajar, adaptarnos, responder a expectativas externas, muchas veces a costa de desconectarnos de nuestro mundo interno. Aún hoy existen emociones catalogadas como "negativas", emociones que no son bien vistas ni aceptadas, y desde pequeños aprendemos a guardarlas, a ocultarlas en lo más profundo de nuestro ser. Así, sin darnos cuenta, comenzamos a alejarnos de nosotros mismos.
En ese intento por no sentir, nos acostumbramos a huir del dolor. Nos centramos en evitar el sufrimiento emocional a toda costa, entramos en una lucha constante por apartarlo de nuestra vida apenas aparece. Paradójicamente, es allí donde quedamos atrapados. La resistencia al dolor termina amplificándolo y estrechando nuestra consciencia.
Todo lo que hoy comparto no surge solo desde la teoría, sino desde la experiencia vivida. En un momento de mi vida enfrenté la pérdida de un ser tan amado, que ese duelo transformó por completo mi vida. El dolor y el sufrimiento se volvieron protagonistas de mi sentir, y la batalla por combatirlos día a día se hizo tremendamente agotadora. Comencé a aislarme, a convencerme de que había algo defectuoso en mí, de que estaba "muy mal" psicológicamente. Poco a poco, ese estado se volvió una forma habitual de mirar el mundo y de vincularme con él. Llegué incluso a cuestionarme si podía seguir ejerciendo como terapeuta: "¿Cómo voy a acompañar a otros si yo misma, me siento en un abismo?, como si el ser psicólogo viniera acompañado de una vida siempre estable emocionalmente, parejita, sin crisis vitales ni confrontaciones profundas. En este sentir transitaba mi autoexigencia, sumándome un peso más: me siento así de mal emocionalmente y soy psicóloga, ufff vía directa al autocastigo.
En ese transitar llegaron personas profundamente significativas a mi vida, verdaderos encuentros humanos que me enseñaron algo que hoy forma parte de mi sentir más esencial: la decisión corajuda, pero uff tremendamendamente difícil, de entrar en nuestros propios infiernos, pudiendo sólo así evolucionar y renacer. Es en ese momento —cuando dejamos de huir y nos atrevemos a sentir—comenzamos a reconectar con nuestro ser más profundo. Cuerpo, mente y alma empiezan a alinearse, y se abre un camino de evolución, de sentido y de propósito. El dolor deja de ser solo sufrimiento y se transforma en un gran maestro. Dentro de él hay aprendizaje, crecimiento y, sorprendentemente, mucha vida más allá de lo que creemos.
Aprendí a no avergonzarme de mi propio dolor, sino a reconocer que este me hacía más humana. Comprendí que mi trabajo como terapeuta, despertaba algo profundo en mí, que mi historia me había vuelto más sensible, más respetuosa y sintonizada con el dolor del otro. Acompañar desde un lugar donde yo también he sentido el dolor más profundo, me permitió habitar la terapia con mayor humildad y presencia. Hoy acepto que mi historia me ha formado, a pulso, como la terapeuta que soy y como la que deseo seguir siendo. Me ha permitido también, alejarme de ese estigma que enfrentamos quienes nos dedicamos a la salud mental, donde se tiende a pensar que por el solo hecho de dedicarnos a esto, tenemos vidas casi perfectas, que somos seres sumamente estables, regulados, que manejamos nuestros conflictos al dedillo y como los gatos caemos siempre parados… nada mas alejado de la realidad, nuestra esencia humana universal no nos dota de super poderes para enfrentar lo que vivimos, cada cual lleva su propio proceso interno y camino de aprendizaje de vida, que quiera o no la vida te lleva a mirar y a enfrentar.
En este camino fui descubriendo mi identidad como psicóloga. Tras mis primeros años de ejercicio laboral sentía que algo faltaba. Mi formación académica fue y sigue siendo tremendamente valiosa; constituye la base de mi quehacer profesional, especialmente desde una mirada psicoanalítica que siempre me ha apasionado. Sin embargo, con el tiempo comencé a sentir que había algo más. Percibía que el ser humano no podía ser comprendido solo desde la dicotomía mente–cuerpo, sino como una totalidad más profunda: un trino donde cuerpo, mente y espíritu se entrelazan.
Así comencé a complementar mis bases teóricas con estudios en técnicas integrativas como: ayurveda, numerología, instructorado de yoga kundalini, postgrado de neurociencias de los psicodélicos y actualmente me encuentro formándome en ACT terapia de aceptación y compromiso. Todo lo anterior me ha llevado a entrelazar mi profundo interés teórico con la dimensión espiritual del ser humano, con nuestra esencia más profunda y nuestro infinito potencial como almas viviendo una experiencia humana. Desde allí nace mi forma de acompañar: integrando la psicología psicodinámica, la experiencia emocional y la consciencia espiritual, sosteniendo procesos donde el dolor no se patologiza, sino que se escucha, se honra y se transforma en una puerta hacia una vida más auténtica y consciente.


