
Jenny Cabello Palma
Psicóloga Clínica
"Tu mirada se aclarará sólo cuando puedas ver dentro de tu corazón. Aquel que mira hacia afuera, sueña; aquel que mira hacia adentro, despierta."
Carl Jung

La decisión de pedir ayuda no siempre es fácil. Muchas veces aparece acompañada de sentimientos de vergüenza o de la creencia de que necesitar apoyo es una señal de debilidad, más aún cuando cargamos con estereotipos y prejuicios en torno a lo que significa la salud mental y a lo que se espera de nosotros mismos. Sin embargo, pedir ayuda no es un signo de fragilidad, sino un acto profundo de coraje, honestidad y madurez: el reconocimiento de que no tenemos que transitar todo en soledad.
Nuestra cultura, en su afán de mantenernos productivos, nos impulsa a ser resilientes a toda costa, a ignorar el sufrimiento o a superarlo rápidamente. En este contexto, muchas veces no hay espacio para detenernos, sentir o escuchar lo que realmente nos habita. Sin embargo, la vida —en conexión con nosotros mismos y más allá de los estereotipos sociales— nos recuerda que, aunque somos frágiles y vulnerables, también somos poseedores de una profunda fortaleza transformadora.
Las grietas en nuestra vida no son defectos que deban ocultarse, sino caminos por donde entra la luz. Son huellas de lo vivido, recordatorios de nuestro recorrido, y muchas veces la fuente del coraje necesario para continuar. El verdadero crecimiento no proviene de negar el dolor, sino de aceptar plenamente nuestra conciencia humana, con todas sus luces y sombras, integrando aquello que duele con aquello que sostiene.
A lo largo de la vida vamos cargando un conjunto de historias que creemos que nos definen: creencias, recuerdos, fantasías, juicios, imágenes mentales e ideales que otros han depositado sobre nosotros; el "qué dirán" o el "qué se espera de mí". En palabras simples, todo esto conforma lo que solemos llamar el ego. Esta imagen de quienes creemos ser es una construcción temporal, sostenida por los relatos que nuestra mente va elaborando con el tiempo.
Estas diálogos internos se consolidan en rutas neuronales por las que transitamos de manera automática, repitiendo una y otra vez los mismos patrones emocionales y conductuales. Cuando nos identificamos exclusivamente con estas historias, podemos sentirnos cada vez más alejados de nuestra dimensión más profunda y espiritual, de nuestra verdadera esencia, de aquello que somos realmente.
Cuando el dolor emocional se vuelve profundo y persistente, nuestra conciencia tiende a estrecharse. La mente se ve absorbida por el sufrimiento, limitando la capacidad de percibir alternativas y de reconocer la naturaleza impermanente de lo que estamos viviendo. En este estado, el malestar ocupa casi todo el espacio interno y se pierde de vista la posibilidad de abrir nuevas puertas.
A medida que el dolor se intensifica, pueden aparecer pensamientos de desesperanza que se instalan como una narrativa dominante. La idea de continuar viviendo bajo ese peso puede sentirse abrumadora, incluso insoportable. En esos momentos, la mente deja de ser una aliada y se transforma en una voz severa y exigente, que arrastra hacia estados de profundo encierro, generando la sensación de estar atrapados y dominados por el sufrimiento.
Sin embargo, incluso en estos estados, existe la posibilidad de pausa. Renovar energías, tomar aire y crear espacio interno, comenzando a relacionarnos de otra manera con el dolor. Reconocer que el dolor forma parte de la experiencia humana —sin negarlo ni luchar contra él— puede, paradójicamente, aliviar el sufrimiento que se genera al resistirlo.
Aceptar el dolor no implica resignarse, sino abrir la posibilidad de comprenderlo, escucharlo y darle un sentido dentro de la propia historia. Desde una mirada espiritual e integradora, el dolor puede convertirse en una puerta hacia una mayor conciencia, una reconexión con la propia esencia y con una dimensión más amplia de nuestra existencia, que va más allá de lo vivido y de lo que duele.
La lucha constante contra el sufrimiento suele transformarse en una batalla agotadora y atrapante. En cambio, apoyarnos en nuestra dimensión espiritual nos permite abrirnos a la oportunidad que ese dolor trae consigo: comprender qué función cumple, qué necesita ser atendido y qué nos invita a transformar. Desde ahí, el proceso terapéutico se ofrece como un espacio de pausa, sostén y acompañamiento, donde el dolor no se niega, pero tampoco gobierna.
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