Hay días en que la mente parece no tener pausa. Anticipas lo peor aunque sepas que es poco probable, el cuerpo anda en alerta y sientes que libras una batalla. Quizá por fuera todo funciona —el trabajo, la casa, los demás— y por dentro sientes que vas a mil por hora, sin poder bajar.
Si te reconoces en esto, quiero decirte algo con calma: la ansiedad es una de las experiencias más comunes y, a la vez, más tratables. En Chile, alrededor de 1 de cada 4 personas presenta síntomas de ansiedad, y afecta bastante más a las mujeres. No es un defecto tuyo ni falta de voluntad: es una respuesta de tu sistema de alarma que se quedó encendida, y se puede aprender a regular.
Acá no vas a encontrar fórmulas mágicas ni juicios. Vas a encontrar un espacio seguro, a tu ritmo, para entender qué te pasa y recuperar la sensación de tener tu vida —y tu respiración— de vuelta.
La ansiedad se vive distinto en cada persona, pero hay señales que aparecen una y otra vez y estas son algunas de ellas.
La preocupación que no se apaga: le das vueltas a todo, anticipas problemas que aún no ocurren.
El cuerpo en tensión: mandíbula apretada, dolores de cabeza, cansancio, despertar de madrugada con la mente acelerada.
Síntomas físicos que asustan: corazón acelerado, falta de aire, opresión en el pecho, mareo. Muchas personas llegan a pensar que es algo del corazón.
Evitar: dejas de hacer cosas (manejar, reuniones, panoramas) para no sentir la angustia, y eso te va achicando la vida.
Irritabilidad y poca concentración: la sensación de estar “al límite” todo el tiempo.
Sentir ansiedad de vez en cuando es normal y hasta útil. Vale la pena consultar cuando se sostiene por semanas, es desproporcionada, aparece sin causa clara o ya está afectando tu sueño, tus vínculos o tu disfrute. Pedir ayuda temprano acorta el camino.
Trabajo desde un enfoque integrativo: no aplico una sola técnica, sino que combino las herramientas con mejor respaldo según lo que tú necesitas. Con la ansiedad, eso suele incluir:
la ansiedad se vive físicamente, así que trabajamos respiración y calma del sistema nervioso, con apoyo de mindfulness y aceptación.
Mirar el fondo: la autoexigencia, las heridas o los vínculos que muchas veces están debajo.